Estamos condenados a la opinión pública. Somos como el reo que acaba de ser condenado y del que nadie espera ya que vuelva a ver la luz en un futuro inmediato. Hemos cometido muchos fallos y que todos más o menos conocemos. Fallos y errores vitales desde el principio del curso. Pequeños detalles que han ido sumándose a la causa y que todo empuja a la condena final. No estamos muertos, pero para la opinión pública sí lo estamos.

Una vez que vemos al verdugo acercarse temerosamente con su impresionante hacha buscamos factores externos para justificar que nosotros no lo somos y que nos han perjudicado intereses oscuros dentro del contexto tenebroso que exige, como argumento principal, nuestra cabeza. La indignación general arbitral era plausible, pero difícilmente justificada.

Dentro de las conspiraciones tenebrosas que quieren nuestro descenso, también es bueno fijarnos detenidamente en nosotros mismos. El reo está condenado, pero todos esperan un último salvoconducto que nos libre de la ejecución. Esa llegada hollywoodiense de un caballo enviado desde vaya usted a saber dónde y que entregue a las entidades oportunas un escrito que indique nuestra inocencia. No merecemos ser ejecutados.

Y es bueno fijarnos en nosotros mismos ya que no nos alegramos de que todo sea un susto, sino que sospechamos de los nuestros en pleno hundimiento. Las justificaciones son odiosas, pero yo no lo termino de ver. ¿Cómo defender a un condenado por la opinión pública? ¿Cómo seguir unidos cuando deseamos la mínima justificación para llevarles ante un juzgado popular?

En malos tiempos siempre llegan malos vientos y hay muchos responsables, aunque solo se señale en una dirección. La unidad es clave y eso es algo lejano hoy en día porque creemos que los nuestros prefieren salir de aquí antes que apoyar el empeño. Y esto es malo cuando la pelotita no entra, pero no es algo nuevo en nuestro caso.

Soy pesimista porque no veo unidad y por las sospechas que viven agazapadas al mínimo desliz para desacreditar el valor profesional de los que se juegan su prestigio con nosotros.

Porque como diría aquel famoso dramaturgo y poeta alemán: "Al río que todo lo arranca lo llaman violento, pero nadie llama violento al lecho que lo oprime".