CARTAS AL DIRECTOR

Muy de vez en cuando

Lo que anoche tuvimos la suerte de vivir en el Torneo de Fútbol Base de Villarrobledo con nuestro equipo no es sino el premio, la recompensa al trabajo realizado durante toda la temporada.

En esto del fútbol base, desgraciadamente, estamos habituados a ver equipos en los que hay jugadores que cuestionan las decisiones de su entrenador y padres que lo permiten y hasta lo alientan. A veces parece que el equipo rema en un sentido mientras que la afición lo hace en sentido contrario...

Pero de vez en cuando, muy de vez en cuando, se consigue una comunión entre todos los elementos que hace que un equipo sea eso, ni más ni menos que un equipo. Un grupo en el que cada uno conoce y asume su rol, en el que los más mayores tiran de los más jóvenes y les sirven de ejemplo, en el que los padres respetan y hacen que sus hijos respeten las decisiones de su entrenador.

Y sólo cuando todos esos factores confluyen alrededor de un equipo, de un grupo de niños aprendiendo a ser hombres en base a los valores que inculca el deporte, sólo entonces podemos vivir lo que un puñado de afortunados hemos vivido esta temporada.

En el fútbol base, la categoría infantil es una de las más difíciles de gestionar. El paso del fútbol 7 (o fútbol 8) a fútbol 11 es un salto importantísimo para niños de 12 años que, de repente, se encuentran en una situación en la que, a la exigencia deportiva propia de la categoría, hay que sumar la exigencia personal de encontrar su sitio en un colectivo en el que la hormonas empiezan a jugar su papel.

Lo que anoche tuvimos la suerte de vivir en el Torneo de Fútbol Base de Villarrobledo con nuestro equipo no es sino el premio, la recompensa al trabajo realizado durante toda la temporada. Una temporada en la que ha habido que conjuntar, no jugadores sino personas. Conjuntar niños con adolescentes, conseguir que los más niños se fijen en los casi adolescentes y que éstos últimos no dejen de lado a los primeros y les ayuden y aconsejen. Y todo esto alrededor de un balón. Un solo balón para todos. Un balón que todos quieren tener y que hay que enseñarles a compartir, a pasar, para conseguir un objetivo común.

Y ese objetivo no es el gol, no es meter la pelotita en la portería y salir corriendo a imitar las celebraciones del Ronaldo o Messi de turno. El objetivo de este juego es ver cómo los padres lloran de alegría, de tristeza, de emoción, al comprobar que sus hijos han sido capaces de superar todos los obstáculos que se han encontrado, que han hecho piña alrededor de su entrenador, que lo han dejado todo en el campo, que han llegado todo lo lejos que podían llegar. Y que sus padres han sido testigos de ello. Ni más ni menos.

Y aunque anoche no se ganó el Torneo, estoy seguro de que a ninguno de los que estuvimos presentes nos importó lo más mínimo. Ningún equipo realizó el esfuerzo y sufrió como supieron hacerlo nuestros chavales. Y eso les valdrá para el resto de sus vidas. De eso se trata.

Muy de vez en cuando, uno tiene la suerte de comprobar cómo un grupo de padres se implican tanto y de forma tan desinteresada. Cómo aportan ideas, aunque estas no sean aceptadas; cómo proponen soluciones a problemas, aunque ellos no hayan sido los causantes; cómo colaboran, en definitiva, aunque no se les reconozca.  Y estoy seguro de que lo seguirán haciendo aunque, ni se acepten sus ideas, ni se apliquen sus soluciones, ni se reconozca su colaboración. Ellos se lo pierden.

La Temporada 2015/16 del Cristo de La Vega Club de Fútbol infantil acabó anoche con un segundo puesto en el Torneo de Villarrobledo. Pero eso es lo de menos.

¡¡Gracias chavales!!
¡¡Gracias afición!!